Cuento: Me la llevé a todas partes en una hoja de cuaderno

Voy a darle a Chelsea el protagonismo que se merece. Chelsea, la negra que tenía un Banksy en el living de su departamento. Chelsea, la negra a la que no le di ningún beso.

Me preguntó qué estaba haciendo ahí, en esa ciudad, tan lejos de la mía. No supe qué contestarle. Me dijo, hay algo que no me has contado.

– ¿Eso crees?

– Sí, eso creo. Y quiero saber qué es.

– Casi nadie sabe.

– En unas horas más yo también seré casi nadie.

Tenía esa capacidad de decir las frases precisas cuando correspondía. Yo nunca he podido hacer eso, siempre hablo cuando no debo. Ella callaba cuando era necesario y en toda esa noche y toda esa mañana juntas no perdió tiempo en discursear cuando con unas cuantas palabras bastaba.

– Sé que no eres lesbiana – me dijo.

– No, no lo soy.

– Pero te gustan las mujeres.

– Me encantan.

– Pero también te gustan los hombres.

– No tanto ahora.

– Sé que no. Y eso es lo que quiero que me cuentes. Pero primero: ¿qué estás haciendo aquí?

Traté de buscar en mi cabeza la razón real de por qué había terminado ahí, en ese lugar, a más de 8.000 kilómetros de mi ciudad. Lo había pensado, pero no lo suficiente. Lo único que sabía, cuando decidí desaparecer, era que no quería estar donde estaba. En la misma casa, metida entre la misma gente. Monotonía pura. Estado mental, indefinido. Sí, lo único que sabía era que no quería ser de ese mundo. El resto ya se vería en el camino.

Le dije que tenía dos opciones.

Opción 1: ser como se suponía que tenía que ser, ser como todo el mundo esperaba que lo fuera. No decepcionar. Bien peinada, bien vestida, y lo más importante, buen sueldo. O al menos uno digno de; ya iría subiendo con el tiempo. Tiempo que iba a pasar siempre entre reuniones, y gerentes, y correos y llamadas por teléfono y faldas cortas que muestran las piernas cuando es necesario. En mi tiempo libre, preparar la reunión del otro día, ir a nadar para mantenerme en forma, como tengo que estarlo. Encontrar un hombre, irme a vivir con él, formar una familia. Sonreír siempre para las fotos, preferiblemente mostrando los dientes.

Opción 2 – y esto se me ocurrió en el momento: tomar una decisión que todavía no sé si es estúpida o no, y probablemente nunca lo sepa porque nunca voy a aceptar que probablemente haya sido una estupidez, pero de esas buenas. Dejar de ser esa personita de mierda, perfecta con sus grandes tetas y sus uñas de colores. Irme lejos para poder morderme las manos en paz, para estar en paz, para equivocarme sin tener los ojos de nadie encima. Ser, por un tiempo, invisible. Intentar conocerme.

– Y conocerme a mí – dijo.

– Sí. Y conocerte a ti.

Me miraba fijo, como nadie lo había hecho hace mucho tiempo. Pero no solo a los ojos. Sentía como si me estuviera mirando desde adentro hacia afuera. Al menos eso me pareció cuando la vi tocando piano en el bar. No había mucha gente; solo yo y dos borrachos que me adoptaron mientras me fumaba un cigarro afuera de otro bar, al otro lado de la ciudad. Estábamos los tres sentados en la barra, conversando con el barman y tomando tequila, cuando empezó: primero una nota tímida, puede haber sido un re, un dedo apenas rozando la tecla, y luego una pausa, y luego un baile infinito de manos y una melodía exquisita, la sentía a mis espaldas, cerré los ojos, quería poder ver yo misma su cara antes de que me la mostrara. Finalmente me di vuelta y la vi, ¿cómo no la había visto antes? Debe haber medido casi dos metros, sus pies se tragaban los pedales, y sus brazos…

Me senté en la mesa que estaba más cerca y la miré. La analicé completa. Me parece que afroamericana es la palabra correcta; pero qué negra más rica.

– Me pasó más o menos lo mismo que a ti. Era de una gran familia, de esas en las que no se puede ser otra cosa que ingeniero o doctor o abogado. Jamás podría haberles dicho, a los 20 años, que lo que realmente quería hacer era dedicarme a escribir. ¿El piano? No, la música es mi segundo amor, es mío y solo mío. Pero mis letras, esas pretendo que sean de todos.

No podía dejar de mirar su piel perfecta, mi cerebro me decía ¿de dónde sacaste a esta mujer? En serio, mundo, ¿de dónde?

Ahora que estoy más calmada puedo detallar esa noche. Puedo decir cómo la vi tocando piano en el bar, cómo me acerqué a ella. Y puedo decir cómo ella, tranquilamente y a los cinco minutos de conocerme, me dijo: vente conmigo.

No sabía a dónde, pero habría sido realmente estúpido preguntarle. Daba lo mismo dónde me llevara.

Su departamento era pequeño pero extremadamente acogedor. Lo primero que pensé cuando entré fue, negra culiá que tiene estilo. Y me enamoré cuando me dijo, con esa carita oscura de misterio, ¿quieres tomarte una botella de vino conmigo?

Y no paramos de conversar. Horas, por horas, como si lleváramos juntas un año, así nos amamos esa noche. Antes, mentí. Por supuesto que sí nos dimos unos besos. Pero me da pena recordarlos, porque fueron solo eso, besos, y haberla tenido tan cerca sin alcanzarla me da rabia así que prefiero no pensarlo. Aunque supongo que le da más emoción al asunto. Ese pequeño placer cuando te sabes manipulada, cuando sabes que te dio exactamente lo que ella quería, que no se dejó poseer en ningún momento, aunque tú hayas pensado lo contrario. No, ella no era como yo. Ella sabía cómo funcionaban estas cosas.

Hablamos de gatos, de literatura, de su país y del mío. Me sonreía cuando la miraba, así apenas, más con los ojos que con los labios. Yo, atontada, no podía ni mirarla a los ojos. Si ya me había matado un poco cuando la vi tocando piano en el bar, cuando me dijo: sí, yo también escribo, terminó de hacerlo.

– Si quieres te puedo escribir algo ahora mismo. Eres transparente cuando estás borracha, ¿lo sabías? Te puedo apostar que puedo escribir media página que sé que te va a gustar.

Sacó un cuaderno, abrió una segunda botella de vino, sirvió dos copas y prendió un cigarro. Buscó un lápiz, y empezó.

 

“‘Para de vivir tanto en el presente’ dijo, mirándola. ‘Deja de pensar tanto en el pasado’, le respondió ella, asumiendo que su ofensiva, esa posición imprevista, era en realidad una defensa frente a su melancolía pacata y tan sin asunto. Entonces, empezó la insistencia, y el desacato de sus propios ritmos, de sus propios ruidos, de sus propios acuerdos. Aunque en realidad eran los ruidos los que las habían llevado a tomar aquellos acuerdos en los que se movían tan bien cuando querían. Y, como eran torpes y un poco niñas, no lo dimensionaban aún. A veces les daba por describir cuestiones que nada tenían que ver consigo mismas, y mientras una decía, la otra se distraía mirando cómo era posible que esa cerveza aún no expeliera ese calor, ese olor tan característico. Eran románticas a ultranza porque en realidad estaban aburridas. Y no solo de sí mismas. Cuando esto ocurría, la primera fijaba esa mirada que juntas o separadas habían nombrado como la ‘mirada de la madera enamorada’. Y se alegraban siempre de sus comuniones”.

Sacó la hoja del cuaderno y me la entregó. No lo leas todavía, me dijo. Guárdalo. Ya vas a saber cuándo leerlo. Quería leerlo ahí mismo, quería tirarme encima y sacarle la ropa y meterle los dedos y chuparle las tetas, pero en vez de eso tomé el papel, lo doblé, y lo metí en mi billetera. Callada, dejó que me acercara para darle un beso en la mejilla. Y después en los labios. Y después en el cuello. Gracias, le dije. Y abrimos otra botella.

Y sacó un pito y fumamos y nos volamos y yo creo que por eso mismo, de repente, de la nada, me preguntó si soñaba.

– No te entiendo.

– Quiero saber si sueñas, si te acuerdas de tus sueños, cómo son tus sueños.

– ¿Pero por qué?

– Porque revelan mucho de una persona. Y quiero conocerte, y quiero saber aquello que aún no te atreves a contarme. ¿No te acuerdas de ninguno?

– Sí. Me acuerdo de uno. Pero no es bonito.

– No importa.

– Soñé que estaba embarazada. Soñé que me subía al bus – le hablaba así, con estas palabras, para que me entendiera – y que todos me felicitaban por mi embarazo y yo les decía no, no estoy embarazada, y como para probar lo contrario me empezaron a violar, todos, cada uno por sí solo y todos juntos al mismo tiempo, me abrieron las piernas y me empezaron a sacar pedazos de un pequeño cuerpo gelatinoso de la vagina.

– Entonces tienes un hijo, o quieres tener uno. ¿Me equivoco?

¿Qué podía hacer? Me serví otra copa de vino mientras ella abría la cuarta botella. Yo me quedé mirando el muro que había tras ella.

– ¿Eso es un cuadro de Banksy?

– Sí.

– ¿Y cómo…?

– Eso te lo cuento después. Ahora te toca a ti.

Ok. Me toca a mí.

– No le voy a dar muchas vueltas. Pasó que hace menos de un año tuve sexo con un hombre, no, era casi un niño, y quedé embarazada.

– ¿Así que tienes un hijo?

– No. No tengo un hijo.

– ¿No tienes un hijo?

– No, no tengo un hijo, porque aborté. Pero en mi país no puedes llegar y hacerte un aborto. Recién este año aprobaron una ley en que si te violan o tu hijo va a morir al nacer o tú vas a morir por él, puedes abortar. Pero sólo en esas circunstancias. Por caliente nadie te hace un aborto. Así que tuve que hacerlo sola. Fue súper extraño todo – le hablaba en inglés, así, bien solemne, para que me entendiera – de alguna forma siempre supe que estaba embarazada. Y esto es algo que casi nadie sabe. Casi nadie sabe cómo me metí cuatro pastillas por la vagina, ni que horas más tarde sentía cómo se me reventaba el útero, antes de que se me saliera un coágulo que se hundió lentamente hasta quedar pegado en el fondo del wáter.

Se quedó en silencio. Su gato se subió a la mesa y me pidió cariño. Se lo di. La negra se acercó a mí, el gato salió corriendo, traté de agarrarlo por la espalda pero ella me detuvo, me tomó la cara con las dos manos y me dio un beso, un beso tibio, un beso de negra, de negra rica, de mujer fuerte, un beso único, una piel que chocaba con la mía, que se resbalaba, que se me iba y yo no quería que lo hiciera.

– ¿Te puedo amar? – lo dijo así, limpio, directo.

– ¿Qué?

– Que si te puedo amar, hoy.

– Supongo que sí.

– Bueno. Entonces te amo. Hoy.

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Carolina Henriquez Abaroa

(Concepción 1986). Librera, escritora y periodista. Editora en el número #0 de Suda La Lengua.

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