Un hombre en la marcha feminista

Partió por un mensaje de texto, en que Jessen, me pregunta: – ¿Vamos a la marcha de mañana? Le digo: -Ya po. Al rato le pregunto: – ¿Por qué marchamos? – Por la violencia machista. Mastico la idea.

Me daba pudor ir, porque no puedo negar lo machista y misógino que he sido, mirar tetas, piropear, tocar culos, dar un beso fuera de contexto, necesitarlas a tal punto de que, si se van volando, debo odiarlas para poder olvidar.

Pudor por haber escrito un poema de desamor, en el que vomito “Quiero ser uno de esos tantos femicidas” o “incinere a tu virgen”. Es una basura de por sí, el poema es una mierda que no debería recitar más, no borrarlo, porque uno va mudando, creo que es importante saber lo que alguna vez pensante o sentiste para ir evolucionando.

En la marcha todas eran libres y bellas, de una belleza sublime, es difícil salirse del macho, pero no imposible, dejar de tirarse a todas las mujeres con la mente, producto de un estado de carencia afectiva mucho más severo que la simple “querer follar”.

Donde escabullir las miradas de machote, ese machote alimentado por los amigotes que te dicen: – ¿La viste pasar? “Tenía el medio culo”.

Mi cara se tornaba roja de vergüenza al comprender el abuso que he ejercidos muchas veces, de la inconciencia, de lo hermoso que es renacer, abrir los ojos a la empatía, para dejar de ser un aweonao, bueno o serlo un poco menos.

Las marchas generan conciencia, sus asistentes al despertar sabrán que es un cómplice pasivo aquel que tolera un piropo en la calle.

Vimos una performance en que un hombre violentaba a una mujer con una corona de espina, era un juego teatral, lo sabíamos; teatro, mentira, arte, poesía, pero aun así la impotencia nos inundaba, nos violentaba, como mi poema violentó en su momento a mis compas del colectivo Agua Maldita. Me decía Jessen que quizás el objetivo de la performance es que alguien actúe, que alguien le saque la venda de la boca, corte las cadenas y detenga el abuso. Tomamos el camino fácil, decidimos que la obra siguiera su curso normal, caminamos más rápido, parecía que la obra nos seguía, torturándonos, estábamos llegando al tope de tolerancia de su puto arte, hasta que una niña, firmemente le grita: ¡déjala tranquila! Ya estábamos en paz, el objetivo se había cumplido.

En la marcha muchos signos eran contradictorios, mujeres bailando la danza del vientre, otras bailando cueca, una pelea entre hombres, desmanes en plena alameda, como si no entendieran que es en contra de la violencia, el patriarcado estaba presente en la marcha, se vistió de huaso y se puso a pegar combos.

¿Cómo vamos a combatir la violencia con más violencia? ¿Se podrá sembrar la semilla de la duda a ese viejo de la contru? para que se avergüence, como yo, caminando por la alameda rodeado de mujeres libres y sin miedo.

Comenta con Facebook

Pedro Hesse

Mi nombre es Pedro, no me acuerdo cuando nací, pero si que de pequeño decía que mi mamá se llamaba Tetilla y mi papá Alpeo, a los 5 años tuve un hermano, lo llamaron Tomás, era igual a mí pero en versión rubio, Cuando cumplí 7 años, mis padres decidieron emigrar a un pueblo llamado Pucón, desde ahí tuve la libertad de andar en bicicleta por todos los rincones de la ciudad, subir el Volcán Villarrica, meterme adentro del cráter, salir explotado, caer como lluvia al lago y beberme desde la llave después de un partido de básquetbol. Cuando tenía 14 años y mientras veía el matinal, mi padre partió a donde nadie de nosotros ha ido y donde todos vamos a llegar. Terminé el colegio, volví a la capital para sacar una carrera, no tenía idea que hacer, me gustaban las letras y nunca había aprendido a factorizar (se las cuatro operaciones básicas, no me cagan con el vuelto y soy feliz) Seguí el consejo de un tío, me puse a estudiar derecho, ahí fui jugador de rugby, superhéroe de la marihuana y actor de teatro de improvisación, me atrasé un año, tuve un ramo por semestre, de tanto ocio me puse a escribir, me aprendí algunos poemas de memoria y viajé a Bolivia a recitar por las plazas públicas. Al volver fui a un bar y conocí a Daniclates.

Comments are closed.